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Los Poemas en prosa de Oscar Wilde


Por fin pude leer las traducciones de Julio Gómez de la Serna y E.P. Garduño de unos poemas en prosa de Wilde. Estos por supuesto fueron publicados primero en Europa. Yo los encontré en una revista que estaba hojeando una revista en la subdirección de extensión de la UADY y como me hicieron esperar mucho, pude copiar tres (para que vean cuanto espere). Por lo que leí en el articulo, que por cierto creo lo sacaron de esta pagina, son seis poemas ya traducidos, que André Gide transcribio en su publicación In Memoriam, ya que estos poemas el los escucho del propio Wilde en algunas sus conversaciones. El traductor menciona que estos poemas en labios de Wilde sonaban muchísimo mejor, mucho más brillantes.


Me hubiera gustado copiar los seis o sacarle copias, pero pues no me dejaron. Por supuesto, en cuanto estuve enfrente de la computadora busque y si efectivamente, los encontré en la Biblioteca Virtual de Cervantes.


Por mientras les voy a poner los tres que copie, pero tienen unas variantes con lo publicado en la pagina web, supongo son cosas de editores. Ademas así mi intención se cumple.




El artista

Un día nació en su alma el deseo de modelar la estatua del «Placer que dura un instante». Y marchó por el mundo para buscar el bronce, pues sólo podía ver sus obras en bronce.


Pero el bronce del mundo entero había desaparecido y en ninguna parte de la tierra podía encontrarlo, como no fuese el bronce de la estatua del «Dolor que se sufre toda la vida».


Y era él mismo con sus propias manos quien había modelado esa estatua, colocándola sobre la tumba del único ser que amó en su vida. Sobre la tumba colocó aquella estatua que era su creación, para que fuese muestra del amor del hombre que no muere nunca y como símbolo del dolor del hombre, que sufre toda la vida.


Y en el mundo entero no había más bronce que el de aquella estatua.


Entonces cogió la estatua que había creado, la colocó en el horno y la entregó al fuego.


Y con el bronce de la estatua del «Dolor que se sufre toda la vida» modeló la estatua del «Placer que dura un instante».




El maestro

Y cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de Arimatea, después de haber encendido una antorcha, descendió desde la colina al valle, porque tenía que hacer en su casa.


Y arrodillándose sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo, que lloraba.


Sus cabellos eran de color de miel y su cuerpo como una flor blanca; pero las espinas habían desgarrado su cuerpo, y como corona, llevaba ceniza sobre sus cabellos.


Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven desnudo y que lloraba:


-Comprendo que sea grande tu dolor porque verdaderamente Él era un justo.


Mas el joven le respondió:


-No lloro por Él, sino por mí mismo. Yo también he convertido el agua en vino y he curado al leproso y he devuelto la vista al ciego. Me he paseado sobre la superficie de las aguas y he arrojado a los demonios que habitan en los sepulcros. He dado de comer a los hambrientos en el desierto, allí donde no había ningún alimento, y he hecho levantarse a los muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío y delante de una gran multitud, una higuera seca ha florecido de nuevo. Todo cuanto Él hizo, lo he hecho yo. Y sin embargo, no me han crucificado.




El discípulo

Cuando Narciso murió, el río de sus delicias se transformó en una copa de lágrimas saladas, y las Oréades vinieron llorando por los bosques a cantar junto al río y a consolarle.


Y cuando vieron que el río se había convertido de copa de agua dulce en copa de lágrimas saladas deshicieron los bucles en sus cabelleras. Y gritaban al río y le decían:


-No nos extraña que le llores así. ¿Cómo no ibas a amar a Narciso con lo bello que era?


-¿Bello?


-¿Quién mejor que tú puede saberlo? -respondieron las Oréades- Nos despreciaba a nosotras, pero te cortejaba a ti, e inclinado sobre tus orillas, dejaba reposar sus ojos sobre ti, y contemplaba su belleza en el espejo de tus aguas.


Y el río contestó:


-Si amaba a Narciso, porque, cuando inclinado en mis orillas, dejaba reposar sus ojos sobre mí, y en el espejo de sus ojos veía reflejada mi propia belleza.

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