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Beatrix Potter.

Leyendo un articulo sobre la moda más fuerte que hay en el mundo literario, que es la saga de Harry Potter, no me sorprende ver que en Londres se cuestionan sobre la influencia que tubo la creadora de estos libros, JK Rowling, y que de hecho el apellido del mago es el mismo, que el de una de mis escritoras favoritas en mi infancia, Beatrix Potter.


Pero la misma Rowling niega esto, cosa que no les puedo afirmar por que no he leído ni el primero, que tanto Rashid como Ivi me han prometido en préstamo pero hasta ahora... nada.


En fin yo conocí estos cuentos gracias a un par de vecinas argentinas con las que jugaba en el DF en el departamento de la calle Manuel M. Ponce. Ellas aunque eran mucho mas grandes ( Yo 4/5 años, Mariana 14 y Jimena 10) siempre me recreaban cuentos de Beatrix con las muñecas Barbie y sus peluches, y en verdad que era divertido, en ese entonces.



Bueno pues, estas chicas me hicieron conocer a esta inglesa, solitaria que se educo gracias a institutrices, ya que ella no podía hacer amigos y sus padres jamás la presentron a la sociedad. Todo esto hizo que se volviera extremadamente tímida, callada y gran lectora.

Como su victoriana familia era adinerada, tenían la costumbre de tomar vacaciones de dos meses en Escocia, donde en realidad Beatrix realizaba su gran sueño, el estar en contacto con la naturaleza, la cual fue materia prima para sus textos. Pero ella comenzó a desarrollar esa pasión observando, estudiando la vegetación de la zona y dibujando. Pronto desarrollo sus estudios de botánica, y los llevo al real Jardín Botánico de Kew y a la Sociedad Linnean pero no los aceptaron por que… las mujeres no podían entrar a esas instituciones… aunque claro, el tiempo le dio la razón, y en 1997 la comunidad científica le pidió disculpas póstumas.

Derrotada, en el ámbito botánico, continuo perfeccionando sus dibujos que eran perfectamente detallados por su capacidad de observación llevando al libro texturas como el suave pelo de los pequeños animales. Ella supo aprovechar, el garbo, pero también la extravagancia, que produce el ver a la gata lamiendo a sus gatitos, la gallina incubando a sus polluelos, la pata reuniendo a sus patitos, a los gatos cazando, las ardillas y ratones recolectando comida, etc. Todo esto se convierte en la simbología con la que se comunica con los niños y dándoles a entender el mundo privilegiado de la infancia.

Los animales fueron su perfecto apoyo para parodiar las costumbres sociales y pedir respeto a la naturaleza.

Bueno, estos dibujos, pudo venderlos a una editorial para ilustrar tarjetas de navidad. Y casi al mismo tiempo escribe su primer cuento: El cuento de Perico, el conejo travieso. Este cuento no pudo ser publicado como ella quería, en un formato pequeño con grandes letras y un dibujo por hoja, por el rechazo de los editores; hasta que ella misma lo publico y fue tan grande el éxito que por fin una editorial la busco para contratarla.

Ella continúo con su proyecto de crear cuentos sencillos pero con moralejas contundentes, y por supuesto con sus dibujos que eran perfectas representaciones de la naturaleza, ya que para ella el detalle más mínimo merecía ser registrado en la acuarela.

Y pues como el destino quería ser siempre cruel con ella, su primer amor fallece meses más tarde de formalizar el compromiso, pero casi diez años después se casa con su amigo y asesor legal.

Este matrimonio la hace toda una activista protectora del campo, se vuelve una granjera apasionada Estaba totalmente comprometida con la causa conservacionista, y luchó, perdiendo dinero muchas veces, por mantener el distrito rural. Trabajó los campos durante las dos guerras y protegió a la autóctona herdwick, un tipo de oveja peluda que hoy sigue pastando por las tierras altas.



Siguio luchando por que sus libritos contribuyeran de alguna manera en la sociedad, por ello su herencia a lo largo de los años creo un parque nacional al norte de Londres. Y sus cuentos siguen siendo primordiales en la literatura infantil europea. Muchos la consideran débil, sin carácter pero yo creo que fue todo lo contrario, ya que ella determino tres cosas que las mujeres podían hacer más de lo que se les permitía, creo un negocio alrededor de la fantasía infantil y contribuyo a conservar una de las zonas más bellas de Londres.


Así que en definitiva Potter no era un frágil mujer, era más bien una mujer tenaz, que tardo un poco en tomar las riendas de su vida.

Y también, es la culpable de que exista la fiebre de los souvernirs temáticos, es decir, muñecos basados en cuentos, ya que ella fue la primera en crear y patentar un producto en base a sus historias, como el muñeco del Conejo Perico.

Estos cuentos a estas alturas de mi vida, ya se me hacen de los más cuuuursis, pero bueno no dejan de ser bellos. Al igual que sus ilustraciones.

Y pues les dejo el famoso relato de las travesuras del Conejo Perico para que ustedes me digan que tal escribía la maravillosa Sra. Potter.

Claro si quieren ¿O ya su calidad de adultos ya no les permite disfrutar estas cosas?

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Había una vez cuatro conejitos que se llamaban Pelusa, Pitusa, Colita de Algodón y Perico.



Vivían con su madre bajo las raíces de un abeto muy grande.

Una mañana su madre les dijo:

-Hijitos, pueden ir a jugar al campo o a corretear por la vereda…, pero no vayan al huerto del tío Gregorio. Ya saben la desgracia que le ocurrió allí a su padre. ¡La tía Gregoria lo hizo picadillo!
¡Hala! Vayanse a jugar pero no hagán travesuras. Yo voy a salir.

Entonces la señora Coneja cogió la cesta y el paraguas y se fue andando por el bosque a la panadería. Allí compró una barra de pan moreno y cinco bollos.
Pelusa, Pitusa y Colita de Algodón, que eran unas conejitas muy buenas, se fueron por el camino a coger zarzamoras.
Pero Perico, que era un conejito muy travieso, se fue derecho al huerto del tío Gregorio y, estirándose mucho…¡se coló por debajo de la verja!



Primero se comió unas lechugas, después unas judías verdes y por último…¡se zampó unos rabanitos!

Después le dolía la tripa de tanto comer y se fue a buscar unas ramitas de perejil.

Pero al dar la vuelta al invernadero…¡se dio de narices con el tío Gregorio!

El tío Gregorio estaba de rodillas plantando unas coles. Pero en cuanto vio a Perico se lanzó tras él con el rastrillo en alto, gritando:

-¡Al ladrón!

Perico estaba muerto de miedo. Corría por el huerto de acá para allá sin encontrar la verja por donde había entrado. Perdió uno de los zapatos en un lecho de coles.

Y el otro en un campo de patatas.

Al encontrarse sin zapatos, comenzó a correr a cuatro patas tan deprisa, tan deprisa que ya casi se había escapado cuando…¡los botones de su chaqueta se engancharon en una red que cubría una mata de grosellas! Perico llevaba una chaqueta azul recién estrenada con grandes botones dorados.




Perico se dio por vencido y comenzó a llorar. Pero unos gorriones muy simpáticos que volaban por allí, al oír los sollozos de Perico, se dirigieron a donde él estaba y le pidieron que hiciera un último esfuerzo.

Ya estaba el tío Gregorio encima de Perico, tratando de atraparle con un cernidero.
Pero, en el último instante, Perico consiguió escabullirse, dejando tras de sí la chaqueta.


Corriendo a más no poder, se metió en la caseta de las herramientas y, de un salto, se escondió en la regadera. Habría sido un escondite perfecto si no fuera porque…, estaba llena de agua.

El tío Gregorio sabía que Perico se escondía en algún lugar de la caseta, así es que fue levantando los tiestos uno por uno para ver si lo encontraba.

De pronto, Perico estornudó -¡a… a… achís!- y el tío Gregorio se le vino de nuevo encima.

Estaba a punto de atraparlo cuando Perico, de un salto, se escapó por la ventana, tirando unos cuantos jarrones. La ventana era demasiado pequeña para el tío Gregorio y, además, estaba cansado de perseguir a Perico. Así es que dio media vuelta y volvió a su trabajo.

Perico se sentó a descansar. Estaba sin aliento, temblaba de miedo y no tenía la menor idea del camino que debía seguir. Además, estaba empapado por haberse metido en la regadera.
Después de un rato, comenzó a rondar por los alrededores, dando pequeños saltitos -plop, plop, plop- y mirando a ver qué veía.



Por fin, encontró una puerta en la tapia que rodeaba al huerto, pero estaba cerrada, y no había sitio para que un conejito tan gordo como él se escurriera por debajo.

Pero vio un ratoncito que entraba y salía por debajo de la puerta, llevando guisantes y judías a su familia que vivía en el bosque. Perico le preguntó por el camino que conduce a la verja, pero el ratón, que en aquellos momentos se estaba comiendo un guisante, se atragantó. Sólo podía mover la cabeza de un lado para otro, y Perico se echó a llorar.



Trató de encontrar un camino a través del huerto, pero cada vez estaba más aturdido. Llegó al estanque donde el tío Gregorio llenaba sus regaderas. Había allí una gata blanca que miraba fijamente a los peces de colores. Estaba sentada sin moverse, pero, de vez en cuando, la punta de la cola se le estremecía como si estuviera viva.

Perico se marchó sin dirigirle la palabra… ¡Había oído cosas terribles de los gatos en boca de su primo, el conejito Benjamín!

Volvió de nuevo a la caseta de herramientas, pero, de pronto, oyó el ruido del azadón -zaca, zaca, zaca, zaca- al cavar en el campo. Perico se escondió bajo unos arbustos.

Pero al ver que no pasaba nada, decidió salir de su escondrijo y se subió a una carretilla para echar un vistazo. Lo primero que vio fue al tío Gregorio escardando cebollas.

Estaba de espaldas a Perico y el conejito pudo ver que, más allá, estaba… ¡la verja!


Perico se bajó de la carretilla sin hacer ruido y echó a correr por una senda medio oculta entre matas de grosella.

El tío Gregorio le echó el ojo cuando Perico doblaba la esquina del huerto, pero era ya demasiado tarde. Perico se deslizó por debajo de la verja y llegó sano y salvo al bosque que había al otro lado.

El tío Gregorio cogió la chaqueta y los zapatitos de Perico e hizo con ellos un espantapájaros para asustar a los mirlos.

Perico no paró de correr hasta que llegó a su casa, bajo las raíces del gran abeto.

Estaba tan cansado que se dejó caer en el suelo blando y arenoso de la madriguera y allí se quedó con los ojos cerrados. Su madre estaba cocinando y, al verlo llegar, se preguntó qué habría hecho con la ropa… ¡era la segunda chaqueta y el segundo par de zapatos que perdía en dos semanas!

Lamento decir que Perico se sintió algo indispuesto aquella noche. Su madre lo acostó, le preparó una infusión de manzanilla amarga… ¡y se la hizo tomar al pobre Perico!

Una cucharada sopera antes de acostarte -tal como decía el médico.

En cambio, sus hermanas Pelusa, Pitusa y Colita de Algodón cenaron tan ricamente: sopas de leche con pan y, de postre, zarzamoras.

FIN


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