Ahora clavaban a ese hombre, entre las babas y los insultos de la concurrencia. El condenado a muerte dejaba hacer, mientras seguía con esa extraña mirada de perdón. Lo alzan en la cruz y comienza una lenta agonía por asfixia. El petirrojo se acercó más al reo sin saber qué hacer exactamente.
Sácame una espina escuchó de repente.
El pájaro no salía de su asombro, pues podía entender a aquel humano.
No sabía qué hacer. Se quedó quieto, miró alrededor y, al final, se decidió: soltó la miga de pan que llevaba en el pico, agarró una de las espinas con todas sus fuerzas y, con gran peligro de su vida, se la arrancó. Salió despedido por los aires y perdió el control; hizo lo que pudo: un picado y un tirabuzón y, por fin, remontó el vuelo. Soltó la espina y llegó al nido sin comida. Esto le contrarió en gran manera a Mamá Petirrojo.
Además, mira cómo te has puesto: ¡vas todo lleno de sangre!
Era verdad: en el pecho llevaba una inmensa mancha de sangre de reo. Fue volando al arroyo y allí intentó quitársela. Nada; no se iba. Volvió a intentarlo una y otra vez hasta quedar totalmente empapado. Imposible: aquella hermosa mancha roja persistía. Y así quedó el petirrojo, y con esa mancha nacieron sus hijos. Desde entonces, según cuenta la leyenda, todos los petirrojos lucen un bonito pecho colorado.
Cuento popular que habla de la belleza que no se ve con los sentidos. Y este cuento me lo mandaron desde Chile. Gracias Emilio.



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